Insultar, insultar, insultar

Desde que recibí la desagradable noticia de que David Cronenberg, un loquito ilustrado y morboso, carne de frenopático de vanguardia, al que sólo le falta filmar alguna snuff-movie para que su vocación y su currículo estén plenamente realizados y cuya última y grotesca película eXistenZ, exhibida en el último Festival de Berlín, provocó un bochorno inenarrable debido a su ausencia de sentido del ridículo a cualquier espectador con dos dedos de frente, iba a presidir el Jurado de Cannes y consecuentemente a cargar con responsabilidad tan delicada y arriesgada, tuve el coherente presentimiento de que independientemente de la calidad o mediocridad que nos ofrecieran las películas en competición, los premios podían alcanzar la condición de dadaístas, concedidos por alguien al que las drogas psicodélicas le sentaron fatal y se quedó colgado para siempre.

Que entre los miembros del Jurado figurara un director con tanto peso en el cine francés como André Téchiné también te permitía intuir que algo ocurriría en la balanza para que un pedazo jugoso de la tarta se quedara en la propia casa, pero mi capacidad de sorpresa no estaba lo suficientemente preparada para el espanto que me acaban de producir mayoritariamente los premios que ha concedido un jurado que no se respeta a sí mismo ni al sagrado cine.

Todos nos sabemos de memoria ese disco rayado, ese discurso tan obvio y cansino de la objetividad y la subjetividad en el arte, pero hay cosas que resultan absolutamente cristalinas por encima de los gustos o de las fobias de cada espectador. Repito: ¡Qué vergüenza de galardones!, ¡qué hostia para la credibilidad del festival más importante del mundo!

Excepto al exquisito manicomio que formaban los encargados de apreciar lo mejor del banquete, el sentido común de la inmensa mayoría de los espectadores (e incluyo en esa única y decisiva condición a críticos, informadores y gacetilleros) nos aseguraba que habíamos sido testigos de un gran festival, el mejor Cannes que yo recuerdo desde hace mogollón de años y que los culpables de esta evidente calidad llevaban el nombre de David Lynch, Atom Egoyan, Tim Robbins, Pedro Almodóvar, Takeshi Kitano, Michael Winterbottom, John Sayles e incluso Jim Jarmusch y Arturo Ripstein. Que habíamos sido testigos de interpretaciones que pasarán a la historia del cine como la del anciano Richard Farnsworth en la emocionante, serena, épica y evocadora obra maestra de Lynch The Straight story o la del siempre gordo, veraz y conmovedor Bob Hoskins en la trágica y más que turbadora película El viaje de Felicia, del tan magnético como inquietante Atom Egoyan.

Ustedes habrán podido gozar anticipadamente de la enorme interpretación de todas las actrices en Todo sobre mi madre y disfrutarán en el futuro con la maravillosa Emily Watson en la vibrante y revolucionaria película de Tim Robbins Cradle with rock y la sensual, comible y bebible Mary Elizabeth Mastrantonio de Limbo, conducida por el poeta del desarraigo John Sayles. Pues a excepción del milagro que ha ocurrido con el justamente reconocido Pedro Almodóvar no se esfuercen en buscar algunos de estos insustituibles nombres en el cochambroso palmarés. Han desaparecido de un mapa que les pertenecía por derecho. Se los llevó el viento, o la miopía, o la mezquindad, o el diarreico estado mental de un jurado que no estaba a la altura de lo que tenía que juzgar.

Aunque aficionado a practicar el arte del insulto, sospecho que la lista de razonables improperios o definiciones implacables se me agotaría si tuviera que aplicarlas a la mayoría de los ganadores. Sólo tener que recordar esas películas y esos actores y actrices me produce un esfuerzo y un cansancio letales. La Palma de Oro a la discreta, concienciada y pesada hasta el hartazgo (está enteramente filmada cámara en mano y el rostro de la protagonista no desaparece ni en un solo plano) peliculita belga Rosetta es lo menos irritante, siéndolo bastante, de la necia conclusión del Jurado. Cine social, tan honrado como experimentalista inmediatamente olvidable sobre lo cruda que está la vida para una tía que se pasa la vida buscando curro y ve como se le cierran todas las puertas, bien interpretada a secas por la expresiva, aunque también limitada y premiada, Emilie Dequenne.

Puedo entender, aunque no admitir, que el premio del Jurado se le otorgue a la insufrible y nonagenaria momia Manoel de Oliveira, si la mala conciencia de los que se lo han dado siente una veneración sacra hacia la vejez de los seudoartistas que la pueden palmar en cualquier momento. Pero me dan sarpullidos cuando constato que el guión más imbécil de todas las películas de concurso, un insufrible discurso sobre los alegres fines de semana en su retiro de las montañas de unas patéticas caricaturas de Hitler, Eva Braun, Goebbels, Bormann y demás jerarcas nazis en la rusa Moloch ha sido el más apreciado por estos insufribles tarados.

O que el engendro francés La Humanidad supuesta indagación policiaca y existencialista de la naturaleza humana, dirigida por un autista con pretensiones como Bruno Dumont e interpretada por un antipático retrasado mental como Emmanuel Schotté y una vacaburra sin complejos como Séverine Canelle, cuya única distinción es que exhibe los primeros planos más impúdicos de un coño más que frondoso que se hayan filmado nunca fuera del cine porno, hayan recibido el Gran Premio del Jurado y Premio al Mejor Actor y a la Mejor Actriz.

El público de la sala, que afortunadamente no se había contagiado de la memez de sus anfitriones, sólo ha reconocido como justo, dedicándole una inacabable ovación, a Pedro Almodóvar, el auténtico y único triunfador moral de un palmarés que se recordará en el próximo milenio por haber estado protagonizado por la locura de un jurado impresentable. Hemos disfrutado de muchas horas de gran cine. Ni él ni nosotros nos merecíamos este castigo final.

Carlos Boyero
Un gran festival degradado por sus demenciales premios
24 de mayo de 1999


Carlos Boyero
«Un gran festival degradado por sus demenciales premios»

El Mundo, 24 de mayo de 1999, pág. 57
ROSETTA
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