No hay motivo para la celebración, pero sí para el recuerdo: hoy, 13 de septiembre de 2011, se cumplen tres años de la publicación de EL PAÍS y el cine, carta al director, firmada por Miguel Marías, José Luis Guerin, Víctor Erice, Álvaro Arroba «y 100 firmas más pertenecientes al ámbito cinematográfico», en la que quedó plasmada y argumentada una denuncia compartida por no pocos lectores de El País.
En aquella ocasión, la perplejidad se tornó indignación el 29 de agosto de 2008, pues fue entonces cuando, en el transcurso de la 65ª edición de la Mostra Internazionale d’Arte Cinematografica, Carlos Boyero, refiriéndose a Shirin, no dudó en hacer gala de su particular concepto de la honestidad: «No me pregunten por el final. Yo también me largué a la mitad de este pretencioso e insoportable experimento. La vida es muy corta para desperdiciarla con tonterías disfrazadas de arte». En otras palabras, soy honesto porque confieso que no soy honesto a la hora de cumplir con las obligaciones mínimas de mi trabajo.
Se cumplen tres años de aquella carta, carta que aglutinó 290 adhesiones explícitas, y la relación entre «el periódico global en español» y el cine es aún más desoladora que entonces. Tres años después, el diario El País, entonces propiedad de PRISA y ahora bajo el auspicio financiero de Liberty Acquisition Holdings Corp., persevera en su patrocinio de los usos y costumbres de un nombre propio, Carlos Sánchez Boyero (Salamanca, 1953), que camina en dirección contraria a la excelencia periodística que proclaman Javier Moreno, director de El País desde mayo de 2006, y los suyos.
No conviene olvidar que fue con Javier Moreno como director cuando Carlos Boyero aterrizó en El País, inmerso entonces en un ambicioso proceso de rediseño que, en palabras de Juan Luis Cebrián, sonaba a refundación: «Pretendemos que responda a una nueva mirada sobre la sociedad». El anuncio de su contratación, henchido de un entusiasmo inexplicable, se produjo el 11 de octubre de 2007. (Alguien podría afirmar que fue ese día, y no otro, cuando El País oficializó su desinterés por el cine como expresión artística… y algunos podríamos suscribir esa afirmación.) Tres días después de aquel anuncio, un nuevo reclamo informativo certificó que, en efecto, Carlos Boyero, presentado como «uno de los más populares e influyentes críticos de cine en activo y feroz columnista de televisión y de la vida en general», llegaba para quedarse, ocupando el espacio que un día habitó su amigo Ángel Fernández-Santos.
Desde su desembarco en El País, con disparatado protagonismo en la portada de aquel 19 de octubre de 2007, todo lector crítico del diario sabe que los lodos no hacen sino acumularse en su sección de Cultura. Nada ha hecho más ruido que sus desprecios hacia Los abrazos rotos y La piel que habito, pero la gravedad del proceder de Carlos Boyero va mucho más allá, alcanzando su cima cuando pasea su acreditación por los festivales de Cannes o Venecia. Es allí, lejos de la comodidad de la crítica semanal, donde despunta sin disimulo su modus operandi: arrinconar de antemano lo que no conoce, negarse a descifrar lo que no comprende y establecer dianas humanas donde clavar sus invectivas. Asimismo, es capaz de reclamar para sí un trato preferencial… al tiempo que se jacta de su negligencia profesional. ¿Resultado? No menos de un sinónimo por adjetivo, incontables afrentas, numerosos lugares comunes cimentados en el desconocimiento, escasas imágenes afortunadas y alguna dosis de desinformación. La hemeroteca está ahí para quien quiera comprobarlo.
Mientras Carlos Boyero envía sus crónicas a la redacción, Borja Hermoso, redactor jefe de Cultura, aprueba cada nuevo abuso de su compañero, al tiempo que Javier Moreno autoriza que Borja Hermoso apruebe cada nuevo abuso del enviado especial. En última instancia, ambos comparten la responsabilidad de que los lectores, en lugar de leer una crónica que aúne información contrastada con opinión razonada, tengan que enfrentarse a textos donde no es raro encontrarse informaciones inexactas, cuando no falsas, argumentos inconsistentes y desahogos harto caprichosos. En última instancia, pues, son ellos los responsables de validar el trabajo de Carlos Boyero. ¿Podemos confiar en que intensifiquen o regeneren su control de calidad? Me temo que no, desgraciadamente, pues tampoco conviene olvidar que fue con Javier Moreno como director cuando Borja Hermoso, personaje clave para entender que, en lo cinematográfico, El País viva desnortado desde hace años, aterrizó en el otrora «diario independiente de la mañana».
Borja Hermoso llegó a El País a rebufo de Carlos Boyero. Dentro de la profesión, la doble noticia se vivió como un duro revés para Unidad Editorial, editora de El Mundo, infligido desde PRISA, que respondía así al fichaje de Santiago Segurola, entonces redactor jefe de Cultura de El País, por el diario Marca. Acción, reacción, que diría Newton. Tal era/es la comunión entre ambos, que en la tercera respuesta de su primera entrevista digital en El País, fechada el 25 de octubre de 2007, Carlos Boyero mostró todas su cartas: «Publicaré la columna de televisión los lunes y los miércoles. Los viernes, la crítica de cine y cada quince días un artículo en Babelia. Imagino que haré más cosas en Cultura, en la que, por cierto, el Redactor jefe es mi hermano, no sanguíneo pero sí elegido, Borja Hermoso. También seguiré cubriendo los festivales de Berlín, Cannes, Venecia y San Sebastián. Y tendrán ustedes el inmenso placer de disponer de mi egregia persona todos los jueves en este chat. Pueden empezar a darme caña, estoy preparado». Llegaron juntos y juntos siguen.
Como era de prever, la citada carta al director sirvió de poco. Mientras Carlos Boyero se reafirmaba en su personaje, tildando de «aguerridos mariachis de la nada» a los que osaron rebelarse públicamente ante su degeneración profesional, otros, amigos y vecinos guiados por intereses particulares, extrajeron de la carta una lectura interesada para así poder blandir la libertad de expresión como espada.
Muy bien, compañeros, ustedes invocan un derecho fundamental y yo invoco otro igual de fundamental: el derecho a la información. Parecería entonces que, entumecidos por la irresoluble contienda entre la libertad de expresión y el derecho a la información, estuviésemos avocados a no progresar en la discusión. Pero no es así, pues nadie ha impedido nunca que Carlos Boyero se exprese libremente (¿acaso no es lo único que hace?). En cambio, que desde El País velen por el derecho a la información de sus lectores es algo que, en el caso que nos ocupa, está aún por demostrar.
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No hay motivo para la celebración, pero sí para el recuerdo: hoy, 13 de septiembre de 2011, se cumplen cinco años de la publicación de La catatonia nacional, insurrecto y lúcido artículo de José Manuel López en un Tren de sombras detenido desde hace demasiado tiempo. Cinco años después, su lectura sigue siendo tan pertinente y provechosa como el primer día.




